Investigación realizada por Elvia Mante.
¿De cuántas maneras se puede borrar a las mujeres, ignorar sus historias y sus aportes?… En realidad no tantas, solo basta con que la perspectiva no sea desde el feminismo… Los hechos históricos son los mismos, pero poniendo el acento en las mujeres, y escarbando en distintos documentos, me permito escribir esta nueva semblanza de María de la Luz Aranda.

Cuando decides contar la historia de la mítica compañía de títeres Rosete Aranda, lo fácil es caer en el relato de siempre: el de los grandes “hombres fundadores” y las hermanas que les ayudaron. Pero cuando revisas los archivos con lupa y ordenas la cronología día por día, la narrativa oficial se cae sola.
Hice esta investigación desde una perspectiva feminista porque la rigurosidad histórica no es aburrida; es una herramienta de justicia. Al reconstruir la línea de tiempo paso a paso, pude descubrir con precisión que María de la Luz Aranda fue el verdadero motor creativo y fundacional de la compañía. Ella, junto a su hermana Buenaventura, emerge del olvido para reclamar su lugar. No fueron acompañantes; fueron las manos que crearon, cosieron, administraron y sostuvieron el imperio de hilos más importante de México. Esta es la semblanza de una creadora que le dio alma a una empresa monumental.
El mito del origen espontáneo
La figura de María de la Luz Aranda es fascinante, aunque su rastro material combina la tradición oral familiar con la escasez de documentos oficiales de la primera mitad del siglo XIX. De María de la Luz o de sus hermanos no se poseen actas de nacimiento por una obvia razón cronológica e institucional: el Registro Civil en México fue creado hasta 1859 por el gobierno de Benito Juárez.
Las crónicas de Lucina Toulet sugieren que María de la Luz era la más chica de los cuatro hermanos, posiblemente una adolescente cuando comenzó su andar en el oficio. Sin embargo, el dato clave que rompe el mito del origen fortuito proviene de la memoria familiar recuperada por Armando Rosete Rivera: la familia Aranda era originaria de León, Guanajuato, donde María de la Luz fue instruida en la plástica y se desempeñaba como restauradora de arte sacro.
Como creadora, entiendo perfectamente que a principios del siglo XIX las cosas eran muy distintas. No existía la carrera profesional o académica de «restauradora de arte». Era más bien un trabajo que se aprendía haciendo, por pura devoción y casi siempre sin recibir crédito. Las mujeres reparaban los golpes de las figuras, limpiaban el hollín de las veladoras y devolvían el color o el oro a los santos de madera, además de coser sus ropas y arreglar los altares. Aunque estas tareas tan minuciosas las hacían casi siempre las mujeres, las costumbres de la época dictaban que el hombre de la casa fuera el jefe oficial del taller.
Recientemente, en una conferencia impartida por Ignacio Tapia, director del Museo Nacional del Títere de Huamantla, se compartió un dato que abre una veta de investigación fascinante: la madre de María de la Luz y Buenaventura Aranda era ceramista, un oficio crucial que prefigura el dominio técnico de la dinastía. El padre, por otra parte, era tejedor de sarapes y comerciante que vendía forraje a las diligencias que pasaban por Huamantla.
Visto así, el encargo del párroco de Huamantla a María de la Luz en 1835 para realizar un nacimiento ya no parece un milagro espontáneo, una intervención extranjera, ni un simple «ocio agrícola» de los hermanos varones. Fue el resultado lógico de una casa donde la materia se trabajaba a diario. Unieron orgánicamente el oficio alfarero de la madre con la ingeniería plástica de la hija. No sabemos si María de la Luz lo planeó con rigor de académica, pero la práctica nos invita a sospechar que el paso de modelar el barro familiar a experimentar con hilos y alambres nació de esa misma inercia artesanal.
Ingeniería textil: mucho más que «vestir muñecos»
Por otro lado, María de la Luz y su hermana Buenaventura Aranda —consideradas en los recuerdos familiares como excelentes y virtuosas movilistas, y de las pocas de las que habló la prensa de la época— asumían en realidad la dirección técnica y la ingeniería textil de la compañía. Ellas diseñaban la física de su movimiento y la expresividad de sus vestuarios sobre la escena. Como señalaba una nota de la época en El Universal:
«Sus títeres están vestidos con elegancia; todavía más, con lujo (…). El traje del muñeco fue parte de la creación de la figura, porque además de caracterizar al personaje, contribuye a la fastuosidad, convirtiéndose en parte del decorado».
Quienes estamos en el oficio sabemos perfectamente que la materia manda. Esta tarea de calibración del peso y caída de las telas va mucho más allá de lo que la condescendencia académica expresa al decir que “las hermanas simplemente vistieron los muñecos”.
Acompañada de Buenaventura y sus otros hermanos, María de la Luz le dio vida al Nacimiento y con él representaron una pastorela que les siguieron solicitando en otras partes. Ante el éxito arrollador, comenzaron a integrar nuevos números satíricos y costumbristas, cuentos tradicionales y cuadros bucólicos, con figuras de 20 centímetros de alto al principio y de 30 después.
De la colectividad a la dirección legal
En 1861 se registró de manera formal la Compañía Nacional Mexicana de Autómatas Rosete Aranda, veintiséis años después de su fundación real a manos de María de la Luz tras aquel encargo del nacimiento parroquial. La empresa de los Aranda pasaba de ser una agrupación puramente ambulante a consolidar un nombre legal. Todavía operaban bajo la dirección administrativa de los hermanos varones e integraban el apellido Rosete a la razón social —once años después de que Antonio Rosete se uniera en matrimonio con María de la Luz—, pero la fuerza interna seguía siendo colectiva.
Su hermana Buenaventura Aranda permaneció soltera y trabajando a la par de ellos por 64 años, según consta en los pagos de nómina de la compañía, lo que le valió el reconocimiento unánime como una magnífica y virtuosa manipuladora. Resulta revelador que, en la investigación coordinada por Marisa Giménez Cacho, se les nombre explícitamente como «empresarias y empresarios» a los cuatro hermanos. Este registro reconoce una coautoría que la titularidad legal de la época reservaba exclusivamente a los varones debido a las restricciones jurídicas contra las mujeres. Ese mismo año de 1861 nació un clásico de la compañía: Las coplas de Don Simón, un texto que imprimían junto con el Discurso del Vale Coyote y que vendían con gran éxito durante las funciones.
Hacia 1867, tras el fallecimiento de los hermanos Julián y Hermenegildo Aranda —quienes estuvieron al mando administrativo por más de treinta años desde la fundación en 1835—, la empresa experimentó un vuelco definitivo. La administración y la producción ejecutiva de la organización pasaron legalmente a manos de Buenaventura y María de la Luz Aranda, en compañía de Antonio Rosete.
Bajo este mando femenino, la compañía alcanzó uno de sus hitos políticos más luminosos: en 1872, las hermanas Aranda se presentaron con sus autómatas ante el presidente Benito Juárez en el mismísimo Palacio de Gobierno. Este fue un logro monumental y consagratorio para una compañía de títeres que en ese momento estaba comandada empresarial y artísticamente por mujeres; creadoras que asumieron el timón directivo absoluto durante trece años seguidos (1867-1880) y que consolidaron una vida profesional activa como empresarias, movilistas de puente e ingenieras textiles iniciada cuarenta y cinco años antes.
Compartamos la conversación
Reconstruir la vida de María de la Luz Aranda es demostrar que las industrias culturales de México siempre han tenido manos femeninas sosteniendo sus cimientos, incluso cuando las leyes les negaban el derecho a firmar sus propios logros. Devolverle su lugar en la historia no es un mero capricho; es reconocer que el arte del títere en nuestro país no habría alcanzado su monumentalidad sin su genialidad técnica, plástica y empresarial.
¿Conocías el papel crucial de María de la Luz en la dinastía? Te leo en los comentarios: hablemos sobre el valor del arte artesanal, el rescate de nuestras creadoras y las historias que la narrativa oficial decidió omitir.
Fuentes consultadas
- Giménez Cacho, M. (Coord.) y Miranda Silva, F. (Investigación). (2009). Empresa Nacional Mexicana de Autómatas Hermanos Rosete Aranda (1835 – 1942). INBA / CITRU / CNT / Programa de Teatro para Niños y Jóvenes.
- Jurado Rojas, Y. (2004). El teatro de títeres durante el porfiriato: un estudio histórico y literario. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla / Gobierno del Estado de Tlaxcala.
- Jurado Rojas, Y. (2019). La compañía de Rosete Aranda y el Festival Internacional de Títeres en Tlaxcala. Gobierno del Estado de Tlaxcala.
- Miranda Silva, F. (2012). “Las artes circenses en los títeres de Rosete Aranda”. En B. Zamorano (Ed.), Fronteras circenses: antecedentes, desarrollo y arte del circo. CENIDIAP / CITRU / INBA.
- Tapia, I. (2026). Conferencia magistral sobre la genealogía de la dinastía Aranda. Museo Nacional del Títere de Huamantla (MUNATI) / 3museosnl.






