Buenaventura Aranda: Sesenta y cuatro años como soberana del puente

En la historia cultural de México existen nombres que han quedado grabados no por la nitidez de una fotografía o la precisión de un acta de nacimiento, sino por el eco imborrable de su arte. Buenaventura Aranda es una de esas figuras colosales, una titiritera que no ha recibido el debido reconocimiento, a pesar de que debería ser nuestro referente obligado en la historia de los títeres en México, y en la historia de las Mujeres en el arte de los títeres a nivel mundial.

El origen de este imperio de madera y fantasía se remonta a Huamantla, Tlaxcala. En 1835, su hermana María de la Luz recibió el encargo del párroco local para confeccionar un nacimiento. Ella decidió que las figuras de barro tuvieran movilidad a partir de articulaciones y alambres, y Buenaventura se integró de inmediato a la aventura para vestir a los personajes. Con la ayuda de sus hermanos Hermenegildo y Julián, les dieron vida ante los feligreses, causando tal asombro que pronto recibieron invitaciones para presentarse en otras iglesias y hogares. Así inició el fenómeno escénico y de entretenimiento popular más importante del siglo XIX en el país: Los Títeres de Rosete Aranda.

A pesar de que el tiempo nos ha privado de un retrato físico o de sus fechas de nacimiento y muerte, la trascendencia de Buenaventura —afectuosamente recordada como «Venturita»— no es un mito. Su existencia está certificada por el testimonio más irrefutable de un artista: su trabajo incansable. Documentos históricos, registros oficiales y recibos de nómina demuestran que laboró activamente durante 64 años como titiritera, sosteniendo los hilos de la compañía desde su fundación hasta las postrimerías del siglo en 1899. Se trata de una de las trayectorias más longevas y devotas de las que se tenga registro en el teatro mexicano.

Mientras María de la Luz definía la manufactura y la concepción plástica original, Buenaventura destacó en la técnica y la manipulación. La crítica periodística de la época, habitualmente rigurosa, se rindió repetidamente ante su maestría. Las crónicas teatrales elogiaban su «maravillosa manipulación», describiendo cómo lograba que las marionetas de madera y pasta emularan la ligereza, los vicios, la comedia y la gracia del ser humano.

En un México decimonónico donde el espacio público y las empresas estaban reservados casi exclusivamente a los hombres, ambas hermanas rompieron el molde social. No se limitaron a las tareas tras bambalinas; fungieron como co-directoras y estrategas de una empresa itinerante que debía sortear los peligros de los caminos, las guerras civiles y las complejidades logísticas de trasladar un teatro completo. Ellas coordinaban un universo que llegó a albergar a más de 5,000 autómatas, con personajes tan icónicos como el Vale Coyote (antecedente directo del humor de Cantinflas), adaptaciones de óperas, corridas de toros a escala y estampas de la vida cotidiana de una nación en plena construcción de su identidad.

La relevancia de su labor directiva se consolidó cuando el espectáculo trascendió las carpas de provincia para llegar al centro del poder político. Hacia el año de 1871, el Presidente Benito Juárez las invitó formalmente a presentar sus funciones en el propio Palacio Nacional. Juárez veía en este arte un vehículo de identidad nacional, un espejo donde el pueblo podía mirarse y educarse. Buenaventura, con sus manos firmes controlando las crucetas de madera, guió esas funciones históricas que divirtieron y conmovieron al «Benemérito de las Américas». Años antes, la agrupación ya había despertado el asombro del general Antonio López de Santa Anna, demostrando que su talento era capaz de unificar los fragmentados bandos de un país convulso.

Buenaventura pasó sus últimos años viendo cómo el siglo XIX moría y la compañía se preparaba para los desafíos de la modernidad. El cierre de sus registros laborales en 1899 nos habla de una mujer que entregó hasta el último aliento de sus fuerzas físicas al retablo. No necesitó de la fotografía para ser eterna; su huella permanece en el diseño de los títeres y vestuarios que hoy se exhiben con orgullo en el Museo Nacional del Títere (MUNATI) en Huamantla, y en la memoria de un arte que ella ayudó a fundar, dignificar y elevar al rango de alta cultura mexicana. Buenaventura fue, en definitiva, la mujer que enseñó a México que los objetos inanimados pueden poseer un alma si se les guía con la pasión y la destreza correctas.

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