Espectáculo solista de Viviana Rogozinski
PONENCIA MUJERES EN EL ARTE DE LOS TITERES TRADICIONALES


Me honra estar aquí, compartiendo con ustedes esta oportunidad en la cual los títeres tradicionales se abren espacio, atravesando el telón que velaba de alguna manera el ingreso femenino a las tablas populares de nuestro folklore titiritezco. Contadas han sido las mujeres que se adentraron en la animación de éste tipo de títeres, dado que eran llevados de la mano de un titiritero varón conservando así la línea del linaje. Eso sucedió con Kasperle y con todos sus primos: Punch y Judy, Kasparek, Kasper, Polichinela, Petrouschka entre otros.
Heie Boles fue una de las pioneras que han dado vida y animado a Kasperle, ella nació en Alemania en 1938 y hacia 1967 interpretaba “KASPERLE-TEATRO», episodios tradicionales alemanes para niños en Nueva Orleans, Luisiana, EEUU

https://heiebolestiteres.wordpress.com/wp-content/uploads/2014/01/1-kasper-con-violc3adn.jpg
He podido encontrar una fotografía de 1920 pero sin mayores detalles, que “Escenario, Variedad, Teatro Kasperle, Mujer con Kasper, 1920, Alemania” no se a quien pertenece esta fotografía, sería interesante poder recabar información
Etapa, variedad, Kasperle Teatro, MUJER CON Kasper, 1920, Alemania Fotografía de stock – Alamy
No tengo mayor información al respecto pero estas dos mujeres me han acompañado bastante en mi proceso de creación.
Para nutrirme he podido ver unos pocos videos, no hay mucho material o al menos no encontré gran variedad de Kasperles tradicionales profesionales, en cambio sí pude ver imágenes y material bibliográfico ó por internet. Consulté con Toni Rumbau de España, quien me acercó su rico material de investigación “Rutas de Polichinela”, Pablo Medina de “La nube, biblioteca cultural” también me ha posibilitado acceder a material de lectura y he tenido la suerte de que Alina Niborski, titiritera argentina radicada entonces en Alemania acompañara buena parte de mi recorrido.
Kasperle en los videos que he podido apreciar aparece como un personaje bastante tranquilo y sencillo sin mayores refinamientos técnicos, al menos en comparación con sus primos Punch y Judy, lo cual fue para mí un permiso de libre interpretación ya que no hay partitura estricta de manipulación.
Sabía que podía o no utilizar la cachiporra, el mío no la utilizaría, no adhiero a hacer reír a los golpes, ya bastantes «golpes» hubo tanto en la Alemania de la que voy a hablar como en la Argentina de la que soy ciudadana.
Construí la estética y la personalidad de mi Kasperle desde la Argentina, sin haber visto nunca un Kasperle en vivo.
Estrené el espectáculo en diciembre del 2021; en la Sala Museo de Ana Frank de la Ciudad de Buenos Aires.

Kasperle como todos los títeres de cachiporra es básicamente político, y el mío no es una excepción.
Hay una pregunta que es la premisa inaugural de mi trabajo con Kasperle.
Soy titiritera para rescatar a los títeres que tuvo que abandonar mi papá en su casa natal en Berlín de la preguerra? O mi papá recordó a sus títeres porque yo elegí ser titiritera?

Este dilema que se muerde la cola me lleva a un trabajo documental en el cual mi padre y Kasperle son los focos de atención, quedando de lado la historia y el “cuentito” tradicional. Kasperle es por naturaleza justiciero y eso le sirve a mi personaje. Es un héroe inmortal —Kasperle nunca muere—, así que la Muerte no podía acabar con él. Por eso puede entrar en mi dramaturgia, porque sobrevive intacto a la guerra aún cuando los Kasperles que lo rodeaban fueron mutando para sobrevivir y abandonando sus características de libertad y justicia.
Kasperle sufre la mutilación de su nariz durante el nazismo, el fhürer ordena cambiar sus narices para que no se vean largas ni parecidas a las de los judíos por otras respingadas quitandole asi rasgos de su identidad ….a un muñeco! Sabemos que la propaganda fue uno de los grandes motores del nazismo, y Kasperle fue muy activo para afianzar y divulgar la doctrina.
Cambiaron también su vestimenta, abandonando los tradicionales rombos en la chaqueta y los bordeaux de sus trajes por uniformes verdes militares, Kasperle debería entonces ingresar a las trincheras o a las juventudes nazis para «educar». Su universalidad es tal que también ingresa en los guetos y sus vestuarios se constituían de harapos. Allí Kasperle podía burlarse del régimen a escondidas.
Mi Kasperle sobrevive intacto a todo espanto. Nadie lo escucha, nadie lo ve. Solo el espíritu de una amistad infantil logra rescatarlo y traerlo hasta mí, atravesando los días y los años como si fueran una ilusión. Y aquí el espectador se pierde en qué parte es historia y que es ficción, pero eso no importa.
Para conocer más sobre Kasperle leí la saga de libros titulados Kasperle en la ciudad, Kasperle en Kasperlandia, etc etc, de la escritora Josephine Siebe, de nacionalidad alemana, premio Hans Christian Andersen por dicha saga que comienza con «Viajes de Kásperle» publicado en 1921. En su primer libro, la autora cuenta que Kasperle luego de noventa años de dormir profundamente, se despierta dentro de un armario y decide emprender un viaje.


Esta idea del Kasperle que despierta 90 años después de quedarse dormido en un ropero se une a los casi 84 años que se cumplen desde la migración forzosa de mi papá y ese ropero me inspira y lo relaciono con su viejo ropero.
Mi papá tenía un ropero enorme al que cerraba bajo llave, tal vez no era tan gigante, pero
la infancia sobredimensiona los recuerdos, los objetos, los lugares.
Tal es así que mi hermana pensaba que por dentro de ese ropero se ingresaba a un parque de diversiones. Así de fantástico era el ropero de mi papá.
Lo abría solamente los domingos por la mañana, yo le hacía compañía para dejarme inundar por la magia que de allí manaba.
El ropero albergaba una espada de chapa, una estatua blanca con bigotes, (luego me enteraría que era un busto del Dr Herzl), cartas amarillas de amor o desencanto, un revólver de fierro oxidado, (de juguete pero que parecía de verdad), papeles atados con sogas, chequeras viejas apiladas, biblioratos, discos long play, una fichero de poker, y revistas con las famosas “chicas de Divito”. También había cartas desesperantes, fotos rotas, fotos de pequeños primos que ya no estaban, su boletín del colegio, su lunchera, su clásica mochila alemana escolar de cuero que luego vi en peliculas de epoca, los pasaportes de la familia, repletos de esvásticas con una leyenda que traducida significa APATRIDA. El ropero era una gigantesca caja de sorpresas. Papá no dejaba que nadie lo tocara ni se acercara. Eso le agregaba un respeto y una magia infinitas.
Yo-titiritera soñaba con hacer una obra pensando en el ropero de mi papá. Lo imaginaba retablo y estructura para una obra. Una especie de caja de Pandora.
Escribí sobre éste ropero muchas veces, hice dibujos, pensé títeres para habitarlo, pero todo fue sin resultados escénicos, solo lo veía como un retablo “para otra cosa”, fuera de sí mismo. No me daba cuenta de que no era cáscara sino corazón y alma.
Con los años fui encontrándome con los diversos objetos que habitaban ese mueble prohibido, ya sea desde su presencia o desde su ausencia. Ese ropero guardaba la memoria de mi padre.
Al principio quise donar muchos de los objetos rescatados al museo de la Shoá pero mi familia no estaba de acuerdo. Cuestiones de apego.
Yo necesitaba desapegarme, transformar lo privado en íntimo y desde allí socializar lo retenido. Compartir el peso.
Los objetos no podían permanecer más tiempo guardados, yo era responsable de provocar un movimiento, ya habían pasado muchos años y «las cosas» acumulaban ese olor a historia y esa energía densa que puja por liberarse.
Entonces estudié con maestros como Shaday Larios (Teatro documental de objetos), Pablo Guershanik (Laboratorio de Maquetas íntimas. Maquetación de trauma con proyección social) y con Sandra Vargas y Luiz André Cherubini del Grupo Sobrevento, (Teatro de objetos).
Los objetos comenzaron a salir del ropero y a viajar a los laboratorios de investigación, donde la experiencia y el dolor se compartían, poco a poco el profundo pesar se fue poetizando y lo denso y angustiante mutó a algo más liviano al ser compartido de manera poética y hasta con humor.
Para ello me sumergí en caminos oscuros, tuve miedo a un pozo sin salida.
Fui a fondo con la historia familiar, me metí con los muertos que pesan en mi árbol genealógico y por extensión en el árbol de la humanidad. Me dejé acompañar terapéuticamente en la búsqueda.
Me acerqué una y otra vez a Lea Zajac Novera (sobreviviente de Auschwitz), quien me dió siempre su opinión sabia y contundente cuando le conté las ideas que tenía para hacer mi espectáculo sobre la migración de mi papá. A veces bochó mis ideas, otras veces las alentó con esa certeza y seguridad que solo los sabios tienen.
Ella ya me arrojó a la arena en medio del velorio de mi tía (la esposa de su hermano y su mejor amiga), sentí que me dió el legado que sobre mí ya rondaba: -“Nena, vos sos muy inteligente, pronto me voy a morir, hay que seguir contando la historia, vos sos artista, hacé algo”-
Y yo le aseguré que lo haría.
Paralelamente a ésta búsqueda en contar la historia y rescatar el ropero de mi papá, ya estaba en proyecto la idea de construir un Kasperle, quien me tomaría de la mano para acompañarme en lo que serían largos años de recorrido, investigación y pruebas.
Ese títere típico de Alemania que yo quería para mí, era sin duda un rescate simbólico del juego y de la infancia que a mi padre le arrancaron de manera brutal.
Cada vez que le pedía que me hablara de su infancia me decía lo mismo: “Yo tenía mis títeres, mi teatrino de madera, tenía un trineo, jugaba en la nieve”.
La realización de Kasperle estuvo en manos de Alejandra Farley, ella se conmovió profundamente con mi búsqueda y comenzamos a bocetar al títere cuya realización fue un proceso largo y de mucha paciencia. Yo todavía no sabía muy bien lo que quería pero ese títere tenía premura por existir en mis manos.

Kasperle me dió las primeras pistas, daba aire a la investigación dolorosa, me traía humor, alegría, conexión con otra sustancia, energía, vital, divertida, me conectó definitivamente con aquel juego que mi padre había abandonado para siempre en su Berlín natal.

Entre las frases tomadas de los libros de Josephine Siebe y la animación de mi títere se iba abriendo el camino. La autora lo describe como un personaje dormilón y muy goloso, come, duerme, llora y ríe con la misma intensidad, y esos estados son tan efímeros que pueden reír y llorar, comer o dormir, todo en una cuestión de segundos.
Esto facilitó mucho la construcción de la dramaturgia. Esa diversidad de estados me iba luego a permitir hacer contrapuntos en la narrativa para cambiarle la respiración a lo que había que contar para darle el aire necesario.
Entonces conocí a Claudia Quiroga, mi directora.

Ella en esa época daba un taller llamado “Solita mi alma”, yo me enteré tarde, ya había terminado, pero la llamé igual.
Claudia vió mi material y me dijo: Subraya lo más importante en tus textos. Y yo subrayé casi todo. Desarmamos el texto, lo rompimos en piezas de rompecabezas a las que se unieron aquellos textos de Josephine Siebe y otros de Tadeusz Kantor que consideré más que oportunos imprescindibles en mi obra.
Claudia me tuvo tres años de paciencia, pandemia mediante, zoom, llamadas, consignas, ensayos solitarios ….angustia, renuncia y vuelta a empezar.
A través de Kasperle iba a contar la historia de mi padre, la migración forzosa que emprendió con su madre y sus hermanitas para llegar a Buenos Aires, en el último barco en que partió con judíos desde Alemania Nazi, para encontrarse con su padre. Escaparon tan solo unos pocos días antes de la “Kristallnacht” o “Noche de los cristales rotos”.
La familia primaria estaba a salvo, al menos físicamente.
Abuelos, primos, tíos y amigos se transformaron en una nebulosa oscura e indescifrable sobre la que muy poco se habló. De todos ellos fueron sabiendo después lo que ya mucho conocemos.
Mi papá se fue de Berlín y embarcó en Hamburgo el 28/10/1938. La fatídica noche de los cristales rotos fue entre el 9 y el 10 de noviembre, tan solo 12 días después.
Este es el punto de inicio de mi trabajo.
Luego vino el trabajo de redes, encontrar en Berlín, a alguien que fuera interlocutor, necesitaba una oreja allá que me pudiera escuchar, y que quisiera contarme lo que sabía sobre Kasperle, una titiritera sombrista en Berlín, llamada Leonor Beuter en 2017 encontró la respuesta a mi pregunta y me puso en contacto con Alina Niborski, mi compañera de investigación y sostén desde Berlín en Alemania.

Alina inició su carrera como titiritera en Buenos Aires y la terminó en la escuela de títeres de Berlín, por sus origenes polaco judíos, le hizo un gran sentido acompañar mi trabajo alentandolo en los momentos mas dificiles, sumergiendose conmigo en lugares oscuros e iluminando el camino. Su suegro fue una pieza fundamental traduciendo algunos documentos del alemán antiguo.
Alina descubrió que la escuela de mi padre aún existe y fue a buscarla en su bicicleta.
Las andanzas y las emociones nos abrazaban a la distancia desempolvando lo que evidentemente ambas necesitamos desempolvar, recomponiendo y aprendiendo una de la otra.
Siento que en mi Kasperle se sintetizan todos mis títeres, él es por naturaleza un ladronzuelo simpático, toma lo que necesita sin pedir permiso, aún los pedacitos de alma de la gente durante las funciones, con esos pedacitos está reconstruyendo la suya, con un trabajo minucioso. Esto no le hace mal a nadie sino todo lo contrario, el público se entrega amorosamente y de corazón abierto y eso se percibe en las funciones.
Mi Kasperle también en su esencia le ha robado a cada uno de mis personajes de otros espectáculos. Su alma está cada día más viva.
Para cerrar luego de dar la función, el público puede ver el MUSEO LEIBELE (Leibele es el modo cariñoso como llamaban a mi papá de pequeño) el museo lo armé a la salida del espectáculo, allí se exhiben los objetos originales que han sido fuente de inspiración para este proyecto. Anhelo ir a Berlín y dar una función y una charla de intercambio con estudiantes en la mismísima escuela en la que mi padre hizo sus estudios primarios que ha sido reconstruida y pertenece a la segunda sinagoga más grande de Europa.



Semblanza de Viviana Rogozinski
@vivirogo_titeres

Nací en Buenos Aires, en 1962.
Soy Titiritera independiente desde hace 30 años, al mismo tiempo que maestra de grado y licenciada en educación inicial.
Participé en Festivales nacionales y Latinoamericanos con espectáculos para la infancia.
Doy clases en la universidad y en Educación superior en la cátedra LA LÚDICA Y LOS TÍTERES EN EL AULA.
Me formé en teatro de títeres con Sergio Rower, Luis Rivera López, Ariel Bufano entre otros, Clown con Guillermo Angelelli, Dramaturgia con Javier Swedsky, Teatro documental de objetos con Shaday Larios, Sandra Vargas y Luiz Andre Cherubini del grupo Sobrevento y con Pablo Guershanik trabajé Maquetas íntimas.
Soy autora de los libros: Títeres en la escuela. Expresión, comunicación y juego. Ediciones Novedades Educativas. Año 2001 y Los títeres y sus nidos, Ediciones Puerto Creativo año 2019.
Mi nuevo espectáculo, para adultos, jóvenes audiencias y niños «Remitente Kasperle», es un homenaje al migrante, a los que han sufrido holocaustos, discriminaciones y abusos.
Remitente Kasperle es para mí, un paso de la oscuridad a la luz, del horror a la poética. Si el arte es resiliencia puede esta semblanza hablar de un árbol que está sanando








